Prefería no recordarla, al inicio era bueno no pensar en Mariana. Pero después no bastaba con intentar no pensar en ella. Llegaba con los objetos, en los gestos de otras personas, en algún personaje de alguna película. En algún documental vislumbré su rostro días antes de morir. La mujer de la película iba a ser sometida a una operación y permanecía sentada intentando dormir en los pasillos de un hospital miserable de un país más miserable que el mío. La mujer se balanceaba entre el sueño y el suelo. Recordé que cuando Paulo murió ella tiró todas sus pertenencias, se deshizo de los muebles. Fue una ganga para el de los cachivaches llevarse ese día casi todos los muebles de una casa. Esta semana he estado a la espera del cachivachero. He tenido que tirar vestidos, pulseras, utensilios de cocina, sillones, espejos, cremas; ojalá pudiera tirar el recuerdo de sus últimas miradas, el sonido de su voz o de su respiración entrecortada por la dificultad cada vez mayor que tenía al respirar. Su tristeza, sí, quisiera deshacerme de su tristeza porque ya no había esperanza y ella lo sabía; había un día escondido dentro de la semana, del mes, que ella no quería, pero que anhelaba porque la morfina no bastaba. Mi tristeza, también de la mía quisiera deshacerme, de mi tristeza al no poder sonreír más, al no poder verla sin sentir que eso era una película de terror en la que se me estaba obligando a ver cómo torturaban a alguien a quien yo amaba sin que yo pudiera hacer algo. Y los gritos me taladraban las noches, y los quejidos me dolían en el hígado, y la fragilidad de su cuerpo me entumecía las entrañas. Ojalá pudiera deshacerme de los olores dulces que me recuerdan su cuerpo supurando azúcar. Ojalá pudiera echar a un bote de la basura las interminables noches en que sólo quería que amaneciera ya, saber que habíamos alcanzado la aurora un día más y de ninguna manera podía ser bueno. Ojalá pudiera olvidar la desesperación y la impotencia, pero eso no se puede hacer. Uno tiene que conformarse con deshacerse de cierta parte de uno mismo que está contenida en los objetos. Deshacerse de aquello que daña y no soportamos más en nuestra presencia. No hay posibilidad alguna de borrar esos recuerdos, nos siguen oprimiendo el estómago, atenazando el corazón. Lo único posible es enterrarlos, esperar. Dejar que el señor de los cachivaches nos vacíe la casa, el año pasado, los nombres de las personas; dejar que el albañil tumbe muros, levanté jardines donde hubo habitaciones, haga hoyos donde había mesas, remueva el paisaje de nuestro dolor.
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