jueves, 13 de agosto de 2015

Mapa de recuerdos

Las intenciones de los otros casi nunca cuentan, porque cuando lo hacen, para robarnos o destruir algo que amamos, ya sea de manera consciente o inconsciente, es porque no les importa en absoluto el daño que pueden hacernos. Nunca había perdido objetos queridos porque siempre he intentado cuidar lo que quiero. Algunas muertes se llevaron a personas que amé y esas muertes se quedaron aquí cerca, todo el tiempo susurrando y marcando el tiempo. Los objetos que me dejaron al partir me dolieron. Me llevaban a rincones terribles de los que salía con mucha dificultad. No los perdí, me obligué a olvidarlos. Pero después, poco a poco, comencé a buscar a esas personas, precisamente ahí, en los objetos, en los recuerdos, recuerdos para poder regresar a lo que amaba ser. 
Hoy alguien entró a mi casa y se robó un sacó lleno de aretes, era un saco, no muy pequeño, tampoco muy grande. Cada par fue cuidado y usado con especial atención y cariño. Los que me habían dado en momentos tristes nunca me los colgaba para momentos alegres. Cada uno de ellos contenía un momento específico de mi vida. Poco a poco cada par se convirtió en una representación de mí y de mi personalidad. Como las esferas de Bastián en Historia sin fin. Nunca me permití perder ni siquiera un par. O dejarlos sin su par. Alguna vez corrí a una joyería para que uno de ellos no quedara solo en el alhajero vaciándose de significados o sin la posibilidad de obtener nuevos. Había pares que contenían más de un sentimiento, más de un momento. Mi padre me regaló aretes en cada uno de los viajes que hicimos en familia por el país. En ese mismo saco había un dije de tortuga que me recordaba siempre sus consejos sobre tener paciencia, dedicación y nunca dejarse vencer por los tiempos que otros intentan imponernos. Siempre sigue tu ritmo, me decía. Mi madre llevaba regalándome aretes en cada cumpleaños desde los dieciocho. Ella los amaba y creía, como desde la época de los egipcios, que los aretes unían tanto a quien los daba como a quien los recibía y decidía usarlos. 
Otros eran tatuajes que estaban ahí para que no olvidara. Por ejemplo, me compré un par el primer mes que llegué al D.F., el cual se caracterizó por muchas precariedades desde materiales hasta emocionales. Cada vez que me creía invencible, me colgaba esas hojas plateadas para obligarme a recordar que todo, absolutamente todo, puede cambiar en cualquier instante. Hoy me robaron muchos recuerdos, muchas historias. Serán cambiadas, vendidas como baratijas en algún lugar, puede que usadas. Serán fundidas entre pedacería de plata tal vez. Aretes que alguna vez fueron algo más que objetos hermosos. Los olvidarán. Serán tomados o canjeados como algo que no merece respeto alguno. Nadie sabrá que hoy lloré todo el día porque ahí estaban amores, desamores, vínculos, derrotas, logros, alegrías, todo un mapa de mis emociones y de lo que soy.