domingo, 4 de marzo de 2012

Apelar al silencio es un acto que debe ir acompañado de muchas precauciones. El silencio, tan grande como es, puede ser interpretado, confundido, olvidado. Por eso siempre es más fácil llevar la palabra, aunque la palabra no sea específicamente la expresión de algo, el sentido de algo, y muchas veces sea más un cacareo que un fondo. El silencio no es de quienes no saben hablar, porque para quienes no saben hablar siempre existe el grito, el balbuceo, el tartamudeo, la mímica. El silencio sólo radica en aquellos que han decidido callar o en quienes han sido silenciados, ambas antinaturales maneras de querer eliminar al sujeto. La primera menos horrorosa porque es un acto de volición -así sea a marchas forzadas-, la segunda terrible porque el silencio forzoso de alguien, de otro, siempre es una eliminación del sujeto que implica violencia. 
   El silencio también puede ser tiempo, una pausa en el tiempo. Un dejar que el tiempo limpie sus ruidos. El silencio también puede ser orden, por eso el silencio cuando es apelado llama a la claridad, a lo inteligible, a lo directo. Por mucho que en los último tiempos se llame a la acción, al ruido, al activismo, el tiempo silencioso siempre es necesario -a solas o a secas- para quienes quieren una conciencia más tranquila, para quienes quieren exorcizar fantasmas, soltar sombras, dejar de balbucear. Pero la verdad es que quienes buscan silencio en el fondo buscan habla. Si el silencio es el estadio anterior a la palabra, la palabra clara es el resultado de ese viaje por el silencio, un viaje que regularmente tiene sus referentes en el pasado, el pasado y la experiencia del sujeto; el habla, la palabra es hacia donde se quiere ir, adónde se quiere llegar, el lugar que promete.
   Callan quienes no saben decir y están en un proceso de aprendizaje, quienes quieren aprender a hablar que es casi lo mismo que aprender a escuchar. A veces no sólo es escuchar a alguien, sino un autoescucharse, el autoconocimiento del cual hablaban los griegos. De manera que silenciar, hablar y escuchar siempre van de la mano. Sólo escucha el que se queda en silencio mientras se hila, sólo habla quien sabe que puede ser escuchado, quien necesita ser escuchado, quien cree que podría decir algo. 
   Hay momentos en los que las pausas terminan, la palabra regresa, el silencio ya no es necesario.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo antes hablaba mucho, pero me harté de no darme a entender. Descubrí que necesitaba pensarlo un poco más cuando vi en la portada de un libro, mejor dicho, en la viñeta que distingue la colección de libros de ensayo de Errata Naturae, a un hombre con cuello de grulla. Según explican los editores en la solapa, el cuello de grulla es una alegoría de la sapiencia: todo hombre debería poseer un cuello largo para tener tiempo de reflexionar antes de hablar. Esto me lo recordó tu post.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Yo antes hablaba mucho, pero me harté de no darme a entender. Descubrí que necesitaba pensarlo un poco más cuando vi en la portada de un libro, mejor dicho, en la viñeta que distingue la colección de libros de ensayo de Errata Naturae, a un hombre con cuello de grulla. Según explican los editores en la solapa, el cuello de grulla es una alegoría de la sapiencia: todo hombre debería poseer un cuello largo para tener tiempo de reflexionar antes de hablar. Esto me lo recordó tu post.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Cómo dice la canción: "El silencio reina hoy". Como dice un viejo refrán: "Cuello de grulla para pensar antes de hablar". Un saludo, Jan.

Anónimo dijo...

El primer "como" sin acento. Sorry.

Yan dijo...

El silencio hace peligrar nuestro paso por la vida, me faltó decir. Si es que tenemos algo que decir, claro.

Saludos, qué gusto me dan tus comentarios.