Es cierto que el fútbol como hobby y como deporte no tiene tantas distinciones de clase, para jugarlo sólo se necesita el balón y un conocimiento escueto de sus reglas, de ahí la preferencia de las masas por el mismo. Hasta para el basquetbol son necesarios más enseres, alguien tiene que construir las canastas. Yo recuerdo que en el parque de mi casa no había canchas de este deporte hasta 1996, en TVazteca se comenzaron a transmitir partidos y de repente todos los niños querían ser descendientes de afros, volar y usar tennis nike. El basquetbol llegó con el TLC, es decir, se popularizó. No así el voleibol, otro deporte también más accesible económicamente, sólo se necesitaba una red -o una cuerda que la supliera amarrada a dos palos- y el balón que podía ser de hule o profesional. De hule para las niñas, decían siempre, así como cuando las niñas en las escondidillas eran de chocolate. Mi familia no era precisamente clase media, ni clase media alta, en aquella época en mi barrio todos estaban en proceso de clasemediarse, algunos no llegaron a la meta. La mayoría de nosotros vivíamos en casas de dos o tres cuartos y la otra parte de las mismas siempre estuvo en un largo proceso de construcción; en nuestros patios -o en nuestras calles- siempre había montones de arena o bultos de cemento en espera de ser guardados antes de la lluvia y albañiles en las tardes sabatinas pidiéndole a nuestros padres su raya.
Mi relación de amor-odio con el fútbol comenzó en mi adolescencia. En mi niñez hubo fines de semana llenos de alegría porque Los Vochitos, el equipo en que jugaron mis dos hermanos, fueron campeones en varias temporadas. Las señoras estaban orgullosas de sus hijos, las niñas orgullosas de nuestros hermanos, yo siempre decía que el goleador era mi hermano y que él casi nunca cometía faltas. No mentía, era bueno. Ya siendo de la porra oficial de Los Vochitos tuve un día que suplir al portero que se había enfermado del estómago, mis hermanos declararon que era la mejor opción porque para entrenar ellos siempre me ponían de su portera. No mentían, varios lunes lucí en el colegio moretones producto de sus exhaustivos entrenamientos. Ese sábado Los Vochitos ganaron 9-8 frente a Los Tecolotes, no paré ningún gol, pero cuando ganaron los niños endemoniados por la gloria me llevaron en sus hombros alrededor de la cancha y, de no haberlos detenido mi madre, me hubieran lanzado al aire.
La vida era alegre, uno en esa época no sabía qué era la recesión, ni qué era el desempleo, ni qué la muerte de un ser amado, mucho menos había conocido el gozo de estar enamorado y después la pena de no ser amado. Lo más triste que recuerdo de esa época es haber enfermado en un partido del Italia 1990 que-vaya uno a saber cuál era, porque nunca he tenido una memoria muy precisa- parecía importante. Mientras yo convalecía, en la habitación de al lado se desayunaban panes tostados con mantequilla y chocolate en agua. Recuerdo el olor mientras yo era suministrada con dosis de Sidral Mundet del que se presumían propiedades hidratantes para los niños en la post-fiebre.
Es en la adolescencia cuando uno comienza a amargarse la vida y a fruncir el ceño. Los sábados dejaron de ser divertidos cuando dejaron de llevarme a los partidos de fútbol porque alguien tenía que acompañar a mi madre a hacer las compras, cuando después de los partidos todos los niños llegaban a las salas y con sus tacos llenos de lodo ensuciaban los pisos y las fundas de los sillones que después las niñas teníamos que sacudir y limpiar por órdenes de nuestras no sacrosantas madres. Una se oponía. No me hacía gracia tener que cargar bolsas de compras mientras ellos se divertían jugando. Mucho menos cuando las madres de los otros imberbes dejaron de ayudar a ordenar las casas de las otras madres de esos fanáticos del balón y se escabullían después de los desayunos o las comidas. Me hizo menos gracia saber que no me pagarían un par de libros que quería porque tenían que comprar uniformes "completos" a los "niños" porque ya era la final. Mientras mis padres intentaban inculcarme la esperanza y la espera en el sueldo del siguiente mes, el cual nunca llegó, a ellos cada vez más se les exculpaba de obligaciones familiares.
Tuve un largo divorcio con el fútbol, dejé de ver partidos. A pesar de que las películas dominicales no me interesaban peleaba por verlas para frustrar las intenciones de mis hermanos de ver el programa de "análisis" de la temporada futbolera. Me hice de un deporte por obligar a mis padres a invertir en mi futuro deportivo también; de los once a los trece asistí con una disciplina religiosa a mis clases de natación. Me negué a ir de compras los sábados a pesar de que se intentó sobornarme con una prenda de vestir o "algún objeto de lujo"-como una película o un libro. Me mantuve incorruptible.
Tuvieron que pasar casi diez años para que dejara de culpar al fútbol y comenzara a culpar a mis padres. Todavía en la adolescencia fui a partidos que terminaron en peleas con palos, botes de plástico aplastados en rostros, botellas de cervezas reventadas en cabezas. Vi a las porras destruirse las unas a las otras, vi a las esposas y a las amantes de los jugadores volar sobre sus otras rivales y las cabelleras de las respectivas damas peligrar. Vi cómo fue creciendo la panza de los jugadores. Centímetro a centímetro no, porque ya no fui con tanta frecuencia, pero crecía y una no podía creerlo. Vi a mis hermanos llegar con uno o dos ojos sangrando, no producto del juego, y a mis padres correr hacia el hospital. El escenario inofensivo que fue cuando yo era niña se desvaneció. Dejé de culpar a mis padres, otro par de años después, y comencé a culpar al sistema, al desempleo, a los servicioss de salud, al machismo, etc. El domingo juega México, me levantaré temprano, haré palomitas, pediré a Dios -en el que yo no creo pero Memo Ochoa sí-, que le conceda que a México no le anoten ningún gol.